Dos extraños son ...
Uno o una (siempre con el género a vueltas) se muda a una ciudad por diversos motivos. Hay quienes van en busca de trabajo, a la caza de aventuras, persiguiendo emociones nuevas, amor o simplemente para huir. Se trata, en definitiva, de empezar de nuevo.
Es entonces cuanto ante la imposibilidad de pagar el alquiler de un apartamento para uno/a mismo/a, hay que pasar por la extra-ordinaria experiencia de compartir piso. Resultado: acabas viviendo con cualquier personajillo, fan de las películas manga, que de noche se disfraza de WonderWoman y que, además, guarda celosamente una katana debajo del colchón.
O puede ser peor: un compañero obsexionado con el porno que se dedica a usar kleeanex compulsivamente, sin estar resfriado, y dejarlos tirados por cualquier rincón de vuestro hogar. Eso si no le da por anunciar sus grandilocuencias onanísticas, voz en grito, en una de las cafeterías más “prestigiosas” de Santander.
También puede resultar, como en mi caso, que aparezca algún inquilino inesperado, oculto en la casa: un muñeco de trapo en forma de conejito que será objetivo de las más inesperadas sodomías y prácticas sexuales turbias (así aparecerá el conejito bajo el almohada con la retaguardia en pompa; el conejito atado a la cama con un cinturón pidiendo “castigo”, y un sinfín de posturas más que escandalizarían al mismísimo Marqués de Sade).
Además, tampoco resulta especialmente agradable cuando tu compañer@ de piso te anuncia: “Voy a echar un cagao” después de haber comido un plato de Fabada. Pero son cosas de la convivencia. De hecho uno se enriquece y va aprendiendo muchas cosas al salir de su pequeña burbuja de cristal.
Más que compañeros se acaba siendo amigos y cuando invade la tristeza y la nostalgia por haber abandonado el seguro y tranquilo hogar, siempre habrá unos ojos que te mirarán desde la puerta de la cocina como preguntándote “¿estás bien?”. Y será entonces cuando te parezca maravillosa la habitual banda sonora de ronquidos y televisión a todo gas hasta las tantas o el inconfundible aroma perpetuo a pizza que recorre todos los rincones de la casa.
Porque al fin y al cabo, se trata de personas extrañas a nosotros/as con los que vamos a compartir momentos inolvidables, ya sea viendo una película o paseando por el Sardinero. Momentos que recordaremos siempre y que nos ayudará a ser un poco menos inmadur@s.
Es entonces cuanto ante la imposibilidad de pagar el alquiler de un apartamento para uno/a mismo/a, hay que pasar por la extra-ordinaria experiencia de compartir piso. Resultado: acabas viviendo con cualquier personajillo, fan de las películas manga, que de noche se disfraza de WonderWoman y que, además, guarda celosamente una katana debajo del colchón.
O puede ser peor: un compañero obsexionado con el porno que se dedica a usar kleeanex compulsivamente, sin estar resfriado, y dejarlos tirados por cualquier rincón de vuestro hogar. Eso si no le da por anunciar sus grandilocuencias onanísticas, voz en grito, en una de las cafeterías más “prestigiosas” de Santander.
También puede resultar, como en mi caso, que aparezca algún inquilino inesperado, oculto en la casa: un muñeco de trapo en forma de conejito que será objetivo de las más inesperadas sodomías y prácticas sexuales turbias (así aparecerá el conejito bajo el almohada con la retaguardia en pompa; el conejito atado a la cama con un cinturón pidiendo “castigo”, y un sinfín de posturas más que escandalizarían al mismísimo Marqués de Sade).
Además, tampoco resulta especialmente agradable cuando tu compañer@ de piso te anuncia: “Voy a echar un cagao” después de haber comido un plato de Fabada. Pero son cosas de la convivencia. De hecho uno se enriquece y va aprendiendo muchas cosas al salir de su pequeña burbuja de cristal.
Más que compañeros se acaba siendo amigos y cuando invade la tristeza y la nostalgia por haber abandonado el seguro y tranquilo hogar, siempre habrá unos ojos que te mirarán desde la puerta de la cocina como preguntándote “¿estás bien?”. Y será entonces cuando te parezca maravillosa la habitual banda sonora de ronquidos y televisión a todo gas hasta las tantas o el inconfundible aroma perpetuo a pizza que recorre todos los rincones de la casa.
Porque al fin y al cabo, se trata de personas extrañas a nosotros/as con los que vamos a compartir momentos inolvidables, ya sea viendo una película o paseando por el Sardinero. Momentos que recordaremos siempre y que nos ayudará a ser un poco menos inmadur@s.

3 Comments:
¡Qué tiempos aquellos!
Yo he deambulado por diferentes pisos de estudiantes, pensiones, etc, y me siento muy identificado con tu comentario.
Ese casero que te perseguía para cobrar el mes de alquiler, o que conservaba unas llaves para los fines de semana, después de cerciorarse de que no había nadie, entrar a ver si todo estaba en orden.
Ese baño que perdía azulejos por decenas, ese microondas que no entendía como podíamos meter un recipiente metálico dentro...ay.
Esos libros de derecho que se quedaron para siempre a vivir en nuestro último piso de alquiler.
Esos vecinos, molestos e iracundos siempre, que no entendían nuestros hábitos de ocio y de descanso.
Los que hemos estudiado fuera de nuestro domicilio familiar hemos sido unos auténticos privilegiados, los reyes del mambo de la época...
Oh tempora, oh mores.
By
livin caleta, at 7:09 PM
Esas fiestas multitudinarias, esa policía que llama y no la abres porque ojos que no ven multa que no te ponen, esa dieta tropical, esas jornadas de puertas abiertas que era mi casa cuando tenía el singstar, charlas absurdas al llegar a las 8am cuando uno llega y el otro se levanta, esa decoración estrambótica, esas tardes de fútbol champions, ese encuentro primario con la flora y fauna salvaje, House, esos souvenirs nocturnos que se acumulan por la casa, esos pelusones complejos que se acumulan por las esquinas, ese colacao a la luz de la tele... y las anécdotas. Sobre todo, las anécdotas.
By
Mada, at 9:33 AM
A ver 'livin caleta', tu casa sigue pareciendo un piso de estudiantes...
By
vida sostenible, at 10:07 AM
Post a Comment
<< Home