el encanto del centro

No os asustéis. No voy a disertar, hasta aburrir, acerca de ese oscuro objeto del deseo que es el centro político, buscado hasta la saciedad, y no encontrado, por algún partido de ámbito nacional, muy nacional...
Hoy quería hablaros de la diferencia entre vivir en una ciudad, y vivir en el centro de una ciudad.
Porque la obsesión por vivir en las ciudades nos ha llevado a desnaturalizarlas, y nos da igual vivir en el 19 arrondissement de París que enfrente del George Pompidou, porque, total, ¡vivimos en París!
Lo mismo, o peor, en Madrid, que alguien de Toledo tarda menos (y tiene muchos más servicios) en llegar al centro de Madrid, que alguien que vive en el extrarradio de la capital.
En Cádiz lo resuelven estupendamente. Llaman Cádiz al centro histórico, a la zona dentro de las murallas, y el resto es extramuros.
Como decía Alejandro Sanz, no es lo mismo.
El crecimiento imparable de las ciudades ha conseguido este dudoso logro.
Y santander no iba a ser menos. ¿Habéis probado a buscar un piso en el centro?. ¿Habéis intentando comprar un piso entre los límites de Cuatro Caminos y el Palacio de Festivales, y no más arriba de la Calle del Carmen y Los Acebedos? Pues si no lo habéis hecho todavía, ni os molestéis.
Es misión imposible. O un cuarto o quinto sin ascensor en edificio de madera, o prepara mínimo 240.000 euros y subiendo. Y lo asumimos con naturalidad.
Al final la gente joven se va del centro (es expulsada), nos acostumbramos a quedarnos en casa por la pereza de la insufrible movilidad urbana, y la ciudad pierde vida.
Además, nos permitimos (o se permiten) el lujo de tener la mejor zona del centro de Santander abandonada, semiderruida, marginada y fuera del mapa de la ciudad.
El encanto del centro no se puede explicar con palabras.
Hay que vivirlo. Pero no nos dejan.